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Santo Domingo no colapsa por la lluvia, colapsa por la improvisación

Más allá de la lluvia, las inundaciones urbanas evidencian problemas estructurales y sociales que el país sigue ignorando.

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La ciudad que nunca fue preparada para el agua

Cada vez que Santo Domingo se inunda, el discurso parece repetirse: “llovió demasiado”. Y sí, llueve. Llueve fuerte, rápido y con una intensidad que muchas veces paraliza la ciudad en cuestión de minutos. Pero reducir las inundaciones urbanas únicamente a la lluvia es una manera cómoda de evitar el verdadero problema.

El agua no es la única culpable. También lo son la improvisación, el descuido y la costumbre de reaccionar únicamente cuando ya todo está perdido.

Aunque muchos atribuyen esta situación exclusivamente a los fenómenos climáticos, la realidad es que las inundaciones urbanas son también el resultado de años de desorganización territorial, deficiencias en los sistemas de drenaje y falta de conciencia ciudadana.

Las imágenes de calles convertidas en ríos, vehículos arrastrados por las corrientes y comunidades completamente incomunicadas ya forman parte de la rutina informativa del país. Lo preocupante es que hemos comenzado a normalizar una realidad que evidencia que muchas de nuestras ciudades nunca fueron preparadas para enfrentar eventos climáticos intensos.

El cambio climático agrava el problema, sí. Pero también lo hace el crecimiento urbano descontrolado, la falta de planificación y la ausencia de políticas sostenibles capaces de anticiparse a los riesgos.

Las inundaciones urbanas representan mucho más que un problema ambiental. Son también una muestra de debilidad institucional y de falta de visión de ciudad.

Uno de los factores más evidentes es la deficiente infraestructura pluvial. Muchas alcantarillas y sistemas de drenaje fueron construidos hace décadas y hoy resultan insuficientes para manejar el volumen de agua generado por las lluvias actuales. A esto se suma el abandono, la falta de mantenimiento y la acumulación constante de basura y sedimentos que obstruyen el flujo natural del agua.

Pero el problema no termina ahí.

También existe una preocupante falta de educación ciudadana y un sistema de consecuencias prácticamente inexistente. Es común observar cómo desechos sólidos son lanzados en calles, cañadas y filtrantes sin ningún tipo de responsabilidad ambiental. Mientras algunos esperan soluciones exclusivamente del Estado, olvidan que muchas acciones individuales también contribuyen al colapso de la ciudad.

Otro aspecto crítico es el crecimiento urbano desordenado. En numerosas zonas del país se han levantado construcciones en áreas vulnerables, cercanas a cañadas y ríos, reduciendo la capacidad natural del suelo para absorber el agua y aumentando considerablemente el riesgo de inundaciones.

En muchos casos, los intereses económicos han estado por encima de la planificación territorial.

Las consecuencias son profundas. Comercios pierden mercancías, familias ven destruidos sus hogares y miles de personas quedan atrapadas sin poder movilizarse hacia sus trabajos o centros educativos. Además, el agua acumulada y contaminada facilita la propagación de enfermedades, especialmente en sectores vulnerables.

Algunos consideran que las inundaciones son inevitables debido a la intensidad de las lluvias tropicales. Sin embargo, aunque los fenómenos naturales no pueden evitarse completamente, sí es posible reducir considerablemente sus efectos mediante políticas públicas eficientes, inversión en infraestructura moderna y educación ambiental constante.

Países como Japón, Países Bajos, Singapur y Corea del Sur, que enfrentan fenómenos climáticos similares, han logrado disminuir el impacto de las inundaciones gracias a sistemas de drenaje avanzados, estrictos controles urbanos y campañas permanentes de concienciación ciudadana.

República Dominicana necesita avanzar hacia una visión más preventiva y menos reactiva frente a este problema.

Los medios de comunicación, las instituciones públicas y las alcaldías también juegan un papel fundamental. La educación ambiental y la comunicación estratégica deben convertirse en herramientas permanentes para promover cambios reales en la conducta ciudadana y en la gestión del territorio.

Las inundaciones urbanas no deberían verse como accidentes inevitables, sino como el resultado de años de decisiones mal tomadas y problemas ignorados.

Porque una ciudad no se mide únicamente por sus torres, elevados o avenidas modernas. También se mide por su capacidad de proteger a quienes la habitan.

Tal vez el problema no es que en Santo Domingo llueva demasiado.

Tal vez el problema es que seguimos construyendo una ciudad que nunca estuvo preparada para recibir el agua.

 

✍️Anónimo.

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¿Por qué?

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Esta noche me siento la más idiota de todas, y no le gusta sentirme así.

La luna pasó de estar erguida, a acostarse sobre el todo que la sostiene, como un mensaje sigiloso que no logro descifrar.

Tengo entenebrecida la lógica y borroso el sentido común.

Esta noche, el cielo oscuro y el vino barato.

Esta noche, la desidia, las lágrimas, lo incierto y los absurdos.

Esta noche hay una nueva herida que coser: escribo para su remiendo.

A esta hora, estoy recordando el día que fuí amada. Cuando me cantaron y besaron una posibilidad de amor.

Esta noche, no.

Esta noche soy una idiota qur mira por la ventana, rogando al cielo entender porqué es que a ella no.

¿Por qué nunca?

¿Por qué otra vez?

¿Por qué siempre?

Esta perra noche me apuñaló como lo hizo la perra vida.

@tercapoeta🖌️

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Hay terremotos que no pueden derrumbar un pueblo

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Imagen: Caricatura de Rayma.

Hay tragedias que derrumban edificios. Otras intentan derrumbar la esperanza. Pero ninguna puede vencer a un pueblo que ha decidido seguir creyendo.

Hay días en los que las noticias dejan de ser simples titulares para convertirse en heridas abiertas.

Esta semana, Venezuela volvió a estremecerse. La tierra tembló con una fuerza capaz de derribar edificios, partir carreteras y cambiar para siempre la vida de miles de familias. Sin embargo, quienes conocen la historia reciente de esa nación saben que este no ha sido el único terremoto que ha enfrentado.

Durante años, el pueblo venezolano ha aprendido a convivir con otros movimientos sísmicos: los de la incertidumbre, la separación de las familias, la migración forzada, la escasez, la nostalgia y el peso silencioso de comenzar una y otra vez desde cero.

Y, aun así, continúa de pie.

Existe algo profundamente admirable en el corazón venezolano.

Espiritualmente podría parecer un pueblo exhausto. Humanamente, cualquiera pensaría que ya no quedan fuerzas para seguir adelante. Sin embargo, una y otra vez Venezuela demuestra que la esperanza posee una resistencia que desafía toda lógica. Tal vez porque esa fortaleza no nace únicamente del hombre, sino de Dios.

En medio del desastre siempre aparecen las imágenes que recuerdan lo mejor de la condición humana: un vecino removiendo escombros con sus propias manos para rescatar a alguien que jamás había visto; una madre compartiendo el único alimento que le queda; jóvenes caminando durante horas para llevar agua, medicinas o simplemente un abrazo; personas que, aun habiéndolo perdido casi todo, encuentran fuerzas para aliviar el dolor ajeno.

Ese tipo de grandeza no se aprende en ninguna universidad.

Nace de un corazón donde todavía habitan la compasión, la misericordia y el amor por el prójimo.

Quizá por eso el mundo entero observa hoy a Venezuela con respeto y admiración. No solamente por la magnitud de la tragedia que enfrenta, sino por la manera en que sus ciudadanos continúan sosteniéndose unos a otros cuando todo parece derrumbarse.

Vivimos convencidos de que el mañana está garantizado. Se hacen planes, se levantan proyectos, se acumulan bienes y se persiguen sueños como si la vida estuviera completamente bajo control. Sin embargo, bastan apenas unos segundos para comprender cuán frágil es la existencia humana.

Las paredes pueden caer.

Los bienes materiales pueden desaparecer.

Los títulos pierden importancia.

Las certezas se desvanecen.

Y entonces queda al descubierto una verdad que muchas veces se olvida: quien tiene a Dios nunca lo ha perdido todo.

Habrá lágrimas.

Habrá noches demasiado largas.

Habrá preguntas que quizá nunca encuentren respuesta.

Pero incluso entre los escombros, Dios sigue siendo el mismo. No porque impida todas las tragedias, sino porque jamás abandona a quienes las atraviesan.

En tiempos donde las diferencias suelen ocupar los titulares y las divisiones parecen imponerse sobre la unidad, el pueblo venezolano vuelve a recordar algo profundamente humano: cuando el dolor toca la puerta, la solidaridad no pregunta por ideologías, fronteras ni posiciones. Simplemente extiende la mano.

Y esa quizá sea una de las lecciones más valiosas que deja esta tragedia.

Los edificios podrán reconstruirse.

Las calles volverán a llenarse de vida.

Las ciudades sanarán sus heridas.

Pero el mayor milagro seguirá siendo un pueblo que, aun después de tantos golpes, continúa creyendo, continúa ayudándose y continúa levantándose.

Porque la esperanza también es una forma de resistencia.

Y mientras exista un corazón dispuesto a amar, otro dispuesto a servir y una rodilla doblada delante de Dios, siempre habrá razones para creer que después de la noche volverá a amanecer.

Hoy las oraciones del mundo acompañan al pueblo venezolano. Que Dios fortalezca a quienes lloran, sostenga a quienes buscan entre los escombros, conceda descanso eterno a quienes partieron y renueve las fuerzas de quienes, incluso con el corazón roto, siguen eligiendo levantarse una vez más.

«Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.» Salmos 34:18

 

Editorial.

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Cobardía.

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Que conste, amor mío, que puse todo de mi para quererte.

Que quede asentado en las arterias de tu cobarde corazón, que el mío, tan osado, te quiso querer hasta la sombra más oscura y espesa de tu ser.

Que quede firmado y sellado, cual documento importante, que mi amor se coló en aquel último beso, teniendo de testigo las luces de aquella ciudad sinvergüenza y alcahueta, esa que nos esconde para la despedida que tu obligas.

Caramba, cobarde mío, ¿cómo te atreves a negarte a lo dulce de mi aroma y la ternura de mis abrazos?

¿Tan pusilánime? ¿Tanto miedo te sembraron?

Condeno a mis antecesoras, culpables de que rechaces tanto y tanto, que guarde para ti en una botella y con recelo.

Te extraño.

Te quiero.

Te abrazo.

Te beso.

Te suelto.

 

@tercapoeta ✏️

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