Connect with us

Voces

Hay terremotos que no pueden derrumbar un pueblo

Rehobot Media

Publicado

on

Imagen: Caricatura de Rayma.

Hay tragedias que derrumban edificios. Otras intentan derrumbar la esperanza. Pero ninguna puede vencer a un pueblo que ha decidido seguir creyendo.

Hay días en los que las noticias dejan de ser simples titulares para convertirse en heridas abiertas.

Esta semana, Venezuela volvió a estremecerse. La tierra tembló con una fuerza capaz de derribar edificios, partir carreteras y cambiar para siempre la vida de miles de familias. Sin embargo, quienes conocen la historia reciente de esa nación saben que este no ha sido el único terremoto que ha enfrentado.

Durante años, el pueblo venezolano ha aprendido a convivir con otros movimientos sísmicos: los de la incertidumbre, la separación de las familias, la migración forzada, la escasez, la nostalgia y el peso silencioso de comenzar una y otra vez desde cero.

Y, aun así, continúa de pie.

Existe algo profundamente admirable en el corazón venezolano.

Espiritualmente podría parecer un pueblo exhausto. Humanamente, cualquiera pensaría que ya no quedan fuerzas para seguir adelante. Sin embargo, una y otra vez Venezuela demuestra que la esperanza posee una resistencia que desafía toda lógica. Tal vez porque esa fortaleza no nace únicamente del hombre, sino de Dios.

En medio del desastre siempre aparecen las imágenes que recuerdan lo mejor de la condición humana: un vecino removiendo escombros con sus propias manos para rescatar a alguien que jamás había visto; una madre compartiendo el único alimento que le queda; jóvenes caminando durante horas para llevar agua, medicinas o simplemente un abrazo; personas que, aun habiéndolo perdido casi todo, encuentran fuerzas para aliviar el dolor ajeno.

Ese tipo de grandeza no se aprende en ninguna universidad.

Nace de un corazón donde todavía habitan la compasión, la misericordia y el amor por el prójimo.

Quizá por eso el mundo entero observa hoy a Venezuela con respeto y admiración. No solamente por la magnitud de la tragedia que enfrenta, sino por la manera en que sus ciudadanos continúan sosteniéndose unos a otros cuando todo parece derrumbarse.

Vivimos convencidos de que el mañana está garantizado. Se hacen planes, se levantan proyectos, se acumulan bienes y se persiguen sueños como si la vida estuviera completamente bajo control. Sin embargo, bastan apenas unos segundos para comprender cuán frágil es la existencia humana.

Las paredes pueden caer.

Los bienes materiales pueden desaparecer.

Los títulos pierden importancia.

Las certezas se desvanecen.

Y entonces queda al descubierto una verdad que muchas veces se olvida: quien tiene a Dios nunca lo ha perdido todo.

Habrá lágrimas.

Habrá noches demasiado largas.

Habrá preguntas que quizá nunca encuentren respuesta.

Pero incluso entre los escombros, Dios sigue siendo el mismo. No porque impida todas las tragedias, sino porque jamás abandona a quienes las atraviesan.

En tiempos donde las diferencias suelen ocupar los titulares y las divisiones parecen imponerse sobre la unidad, el pueblo venezolano vuelve a recordar algo profundamente humano: cuando el dolor toca la puerta, la solidaridad no pregunta por ideologías, fronteras ni posiciones. Simplemente extiende la mano.

Y esa quizá sea una de las lecciones más valiosas que deja esta tragedia.

Los edificios podrán reconstruirse.

Las calles volverán a llenarse de vida.

Las ciudades sanarán sus heridas.

Pero el mayor milagro seguirá siendo un pueblo que, aun después de tantos golpes, continúa creyendo, continúa ayudándose y continúa levantándose.

Porque la esperanza también es una forma de resistencia.

Y mientras exista un corazón dispuesto a amar, otro dispuesto a servir y una rodilla doblada delante de Dios, siempre habrá razones para creer que después de la noche volverá a amanecer.

Hoy las oraciones del mundo acompañan al pueblo venezolano. Que Dios fortalezca a quienes lloran, sostenga a quienes buscan entre los escombros, conceda descanso eterno a quienes partieron y renueve las fuerzas de quienes, incluso con el corazón roto, siguen eligiendo levantarse una vez más.

«Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.» Salmos 34:18

 

Editorial.

Voces

¿Por qué?

Rehobot Media

Publicado

on

Esta noche me siento la más idiota de todas, y no le gusta sentirme así.

La luna pasó de estar erguida, a acostarse sobre el todo que la sostiene, como un mensaje sigiloso que no logro descifrar.

Tengo entenebrecida la lógica y borroso el sentido común.

Esta noche, el cielo oscuro y el vino barato.

Esta noche, la desidia, las lágrimas, lo incierto y los absurdos.

Esta noche hay una nueva herida que coser: escribo para su remiendo.

A esta hora, estoy recordando el día que fuí amada. Cuando me cantaron y besaron una posibilidad de amor.

Esta noche, no.

Esta noche soy una idiota qur mira por la ventana, rogando al cielo entender porqué es que a ella no.

¿Por qué nunca?

¿Por qué otra vez?

¿Por qué siempre?

Esta perra noche me apuñaló como lo hizo la perra vida.

@tercapoeta🖌️

Continuar leyendo

Voces

Cobardía.

Rehobot Media

Publicado

on

Que conste, amor mío, que puse todo de mi para quererte.

Que quede asentado en las arterias de tu cobarde corazón, que el mío, tan osado, te quiso querer hasta la sombra más oscura y espesa de tu ser.

Que quede firmado y sellado, cual documento importante, que mi amor se coló en aquel último beso, teniendo de testigo las luces de aquella ciudad sinvergüenza y alcahueta, esa que nos esconde para la despedida que tu obligas.

Caramba, cobarde mío, ¿cómo te atreves a negarte a lo dulce de mi aroma y la ternura de mis abrazos?

¿Tan pusilánime? ¿Tanto miedo te sembraron?

Condeno a mis antecesoras, culpables de que rechaces tanto y tanto, que guarde para ti en una botella y con recelo.

Te extraño.

Te quiero.

Te abrazo.

Te beso.

Te suelto.

 

@tercapoeta ✏️

Continuar leyendo

Fe & Propósito

La fuerza de la amistad: el amor que Dios usa para levantarnos del polvo

Rehobot Media

Publicado

on

La amistad verdadera es una de las formas más hermosas en que Dios nos recuerda que nunca fuimos creados para caminar solos.

Hay amores que hacen latir el corazón con intensidad. Otros nos enseñan a servir, a cuidar y a entregarnos. Los griegos identificaban distintas expresiones del amor: el eros, relacionado con la atracción; el storge, que florece en la familia; el ágape, que representa el amor sacrificial e incondicional; y el philia, ese amor que nace de la amistad genuina.

Quizás porque vivimos en una sociedad que suele colocar el amor romántico en el centro de todas las historias, olvidamos con frecuencia el enorme poder que tiene la amistad. Sin embargo, basta mirar nuestra propia vida para descubrir que algunos de los momentos más difíciles no los superamos gracias a una pareja, sino gracias a un amigo.

Un amigo tiene la capacidad de sentarse a nuestro lado cuando el mundo entero parece haberse levantado de la mesa.

Tiene la capacidad de escuchar cuando ya no tenemos fuerzas para explicar lo que sentimos.

Tiene la capacidad de secar lágrimas sin pronunciar una sola palabra.

Y, en ocasiones, tiene la capacidad de devolvernos la esperanza cuando nosotros mismos la hemos perdido.

La Biblia está llena de historias que evidencian el valor de la amistad. Jesús mismo, siendo Dios hecho hombre, decidió caminar acompañado. Tuvo discípulos, pero también amigos. Entre ellos estaban Marta, María y Lázaro, personas a quienes amaba profundamente. Cuando recibió la noticia de la muerte de Lázaro, el Evangelio registra uno de los versículos más cortos y más conmovedores de toda la Escritura: «Jesús lloró».

El Salvador del mundo lloró por un amigo.

Ese detalle nos recuerda que la amistad no es un sentimiento secundario. Es un regalo divino. Es una expresión del amor de Dios manifestada a través de personas comunes que deciden quedarse cuando otros se marchan.

Jesús también tuvo amigos más cercanos que otros. Pedro, Jacobo y Juan estuvieron presentes en momentos íntimos de su ministerio. Esto nos enseña algo importante: no todas las relaciones tienen la misma profundidad, y está bien que así sea. Hay amistades para caminar un tramo del camino y hay amistades que se convierten en familia elegida.

Y qué bendición tan grande son esas personas.

Esos amigos que, aun cargando sus propias batallas, encuentran fuerzas para ayudarte a cargar las tuyas.

Esos que llaman cuando perciben que algo no anda bien.

Esos que oran por ti cuando ya no encuentras palabras para orar.

Esos que celebran tus victorias sin envidia y acompañan tus derrotas sin juzgarte.

Vivimos tiempos donde abundan los contactos, pero escasean las conexiones profundas. Por eso la amistad verdadera se ha convertido en uno de los tesoros más valiosos que una persona puede poseer.

No escribo estas líneas desde la teoría.

Las escribo desde la gratitud.

Porque he conocido el dolor, la incertidumbre y la tristeza.

Pero también he conocido el abrazo oportuno, la llamada inesperada, la palabra precisa y la compañía silenciosa de amigos que Dios colocó en mi camino.

He visto cómo la amistad puede convertir el llanto en esperanza.

Cómo puede transformar una noche oscura en una mañana soportable.

Cómo puede devolverle color a una vida que parecía haberse quedado sin luz.

Por eso hoy quiero honrar a esos amigos que han sido refugio en medio de las tormentas.

A esos que han sostenido mis brazos cuando estaban cansados.

A esos que han permanecido cuando hubiera sido más fácil marcharse.

A esos que, sin saberlo muchas veces, han sido instrumentos de Dios para levantarme del polvo.

Porque al final, la amistad verdadera no es solamente una relación humana.

Es una de las formas más hermosas en que Dios nos recuerda que nunca fuimos creados para caminar solos.

«En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia.» — Proverbios 17:17

Editorial.

Continuar leyendo

Destacadas

Copyright © 2026 Rehobot MEDIA