Voces
SEXTO MES
Ya no quiero escribirte poemas.
Has herido la emoción y manipulado el encanto con el que mis ojos acariciaban el concepto de ti.
Se ha quebrantado el mayor de los hechizos.
Desapareció el estupor.
Mi alma se siente con la libertad de mirar con su profundidad, la realidad aplastante de tu ser.
Ya no quiero escribirte amor en líneas.
Ya no quiero.
Decepcionado estuvo el recuerdo que tuve de la noche que fuiste tú.
Por cierto, ¡maravillosa noche!, pero ya no está.
Donde había un celaje, ahora hay nubosidad total.
Confundes mi cabeza y eso me agota.
Te quiero, que es lo peor.
Me entrego, que ya no sé qué sea.
Ya no quiero que aparezcas en mis poemas.
Y en este, en donde escribo desde lo que ya sé que eres, aún te menciono.
@tercapoeta
Voces
INDIFERENCIA
Y, ¿qué ha sido del recuerdo que vagaba sobre mi?
Volaba y sobrevolaba en los cielos de mi amor.
Rumeante y taciturno, envidiaba la libertad de aquello que no me pertenecía, que no era residente de mi memoria.
Ese recuerdo…
_“El color de tus ojos que combinaba con la ternura.
O la inocencia de tus manos tocando mi rostro”._
Tengo la sensación de que ese recuerdo era macabro, sádico.
¿Qué nombre traía?
¿Cómo era su textura, su sabor, su tamaño, su color?
No es olvido, es no recordar.
No traer al presente el pasado inmediato.
Y, ¿qué ha sido del recuerdo que vagaba sobre mi?
No lo sé. Se me ha olvidado el recuerdo.
@tercapoeta
Voces
AMARTE
Lo menos que quiero es que seas mío.
No quiero tratarte como mi propiedad.
Como algo que he comprado en el mercado de los desolados.
Quiero amarte con la libertad de las aves en el cielo.
Verte bailar y brillar. Reír a carcajadas.
Amarte así: todo lo Géminis que eres.
Que te vean feliz siempre que te miren sin mi.
Amarte sin ataduras, sin poseerte.
Amarte incluso si no te quedas a mi lado.
Amarte sin alboroto y sin llanto.
Amarte suavecito y prudente.
Amarte con arrebato y desenfreno.
Amarte tan libre, que pensarás que estando solo, estabas preso.
Amarte solo con la intención de arreglar tu mundo.
Amarte todo. Amarte siempre.
Amarte.
@tercapoeta
Voces
Hay distancias que el corazón nunca aprende a recorrer
La vida tiene una manera extraña de llevarnos de un lugar a otro.
A veces nos sube a un tren sin preguntarnos hacia dónde queremos ir. Otras veces somos nosotros quienes elegimos el vagón, la estación y hasta la ventana desde la que miraremos pasar el paisaje. Pero casi siempre llega un momento en que los caminos se separan.
Cada quien toma su tren.
Uno continúa hacia el norte; el otro, hacia el sur. Uno se queda en una ciudad mientras el otro aprende a vivir en otra. Llegan nuevos trabajos, nuevas personas, responsabilidades, historias. Cambiamos de casa, de país, de sueños. Crecemos. Nos transformamos.
Y, sin darnos cuenta, algunas personas que alguna vez estuvieron a nuestro lado terminan viviendo a miles de kilómetros de distancia.
Pero hay algo que la geografía nunca ha podido explicar: la distancia no siempre significa ausencia.
Hay personas que pueden estar lejos y, aun así, seguir habitando los lugares más cercanos de nuestra memoria.
Porque existen amistades que no necesitan conversaciones todos los días para permanecer vivas. Amores que no necesitan posesión para ser verdaderos. Vínculos que no dependen de la frecuencia de los encuentros, sino de la profundidad de lo que dejaron sembrado.
Quizás esa sea una de las formas más puras de querer: saber que el otro está haciendo su vida, caminando su propio camino, y aun así alegrarnos de que exista.
La vida nos enseña que no todos los trenes llegan a la misma estación.
Y está bien.
No todos fuimos hechos para recorrer el mismo trayecto hasta el final. Hay personas que llegan a nuestra historia para quedarse; otras, para enseñarnos; algunas aparecen solamente durante una temporada. Y existen esas pocas, extraordinarias, que aunque el tiempo las aleje, nunca terminan de irse.
Porque se quedan en las canciones.
En una fotografía vieja.
En una conversación que recordamos con una sonrisa.
En una calle, un olor, una palabra.
En esa parte de nuestra memoria donde todavía somos quienes fuimos cuando las conocimos.
Hay personas que uno recuerda y, por unos segundos, vuelve a ser joven.
Vuelve a aquella época en la que la vida parecía más sencilla, los sueños tenían otros nombres y todavía no sabíamos cuánto iba a cambiar el mundo.
Quizás por eso algunas amistades adquieren con los años un valor distinto. Ya no son solamente personas con las que compartimos momentos: se convierten en testigos de nuestra historia.
Recuerdan versiones de nosotros que nadie más conoció.
Saben quiénes éramos antes de convertirnos en quienes somos. Conocen nuestros primeros sueños, nuestras ingenuidades, nuestras risas más espontáneas y hasta aquellas heridas que el tiempo consiguió convertir en cicatrices.
Por eso reencontrarse con alguien así no es simplemente volver a verlo.
Es, de alguna manera, volver a encontrarnos con una parte de nosotros mismos.
Y entonces comprendemos que quizás nunca estuvimos realmente separados.
Solo estábamos viviendo capítulos diferentes del mismo libro.
La distancia tiene una mala reputación.
La culpamos de los abrazos que no pudimos dar, de las celebraciones a las que no llegamos, de los cafés que quedaron pendientes y de tantas conversaciones que tuvimos que conformarnos con tener a través de una pantalla.
Pero la distancia también revela.
Revela qué vínculos eran solamente costumbre y cuáles tenían raíces.
Porque cuando desaparece la cercanía física, queda lo esencial.
Y si después de años, después de ciudades diferentes y de vidas que tomaron direcciones distintas, todavía puedes decirle a alguien:
“Aquí estoy.”
Entonces quizás nunca se trató de distancia.
Se trató de amor.
De amistad.
De gratitud.
De una historia que se negó a terminar.
Hay afectos que no hacen ruido. No necesitan reclamar presencia ni exigir explicaciones. Simplemente permanecen.
Como una luz encendida en una casa que sabemos que podemos visitar algún día.
Y qué hermoso es saber que, aunque nuestros trenes hayan partido hacia estaciones diferentes, todavía podemos encontrarnos en alguna plataforma.
Quizás dentro de un año.
Quizás dentro de diez.
Quizás solamente durante 24 horas.
Pero serán suficientes.
Porque cuando el sentimiento es verdadero, el tiempo no borra: profundiza.
Y cuando finalmente llega ese abrazo, uno descubre que hay distancias que parecían enormes solamente porque las estábamos midiendo en kilómetros.
El corazón utiliza otra medida.
La vida seguirá moviéndonos.
Seguirán llegando trenes. Seguiremos tomando decisiones. Algunas personas subirán con nosotros y otras quedarán en la estación. Algunas caminarán varios kilómetros a nuestro lado y luego tomarán otra dirección.
No debemos aferrarnos a todos los que se van.
Pero sí debemos agradecer profundamente a quienes, aun tomando otro camino, decidieron no dejar de querernos.
Porque al final, quizá la verdadera victoria de una amistad no consiste en estar siempre juntos.
Consiste en poder estar lejos y seguir sintiéndonos cerca.
En poder mirar hacia atrás sin resentimiento.
En recordar sin tristeza.
En celebrar que el otro existe.
En saber que, pase lo que pase, hay un lugar en el corazón donde algunas personas siempre tendrán las puertas abiertas.
Y quizás eso sea lo más hermoso de la vida:
Que podemos tomar trenes diferentes sin dejar de llevarnos en el mismo corazón.
Que podemos vivir en ciudades distintas y seguir compartiendo la misma memoria.
Que podemos crecer, cambiar, equivocarnos, comenzar de nuevo y aun así conservar intacto aquello que alguna vez nos unió.
Porque hay caminos que se separan.
Hay trenes que parten.
Hay estaciones que quedan atrás.
Hay kilómetros que parecen interminables.
Pero cuando el amor y la amistad son verdaderos, ninguna distancia tiene la última palabra.
La última palabra siempre la tiene el corazón.
Editorial.
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